Ayer llegó, o mejor dicho, antes de ayer, mi amigo quiteño-ya-no-tan-guayaco Carlos. Fue muy grato poder salir, conocerle mejor, y hablar de infinidad de temas que tenemos a bien en común.
A veces, ser parte de un grupo de alta tolerancia te puede generar una actitud extrema: el vegetariano que presiona a los demás a no comer carne, el político de izquierda contra toda derecha, en fin, y por supuesto, agruparse con gente de tu misma condición.
Jamás he creído en etiquetas sino que somos la suma de circunstancias y llámemosle "adornos" que te hacen más interesante. Por eso, tengo amigos de diferente: credo, color, tamaño, país, sexo, orientación sexual, en fin, la lista es larga. Y no busco reunirme con algún sector social en particular sino les veo como personas y de entre ellos, a algunos como queridos amigos.
Ayer fue un caso particular porque resulta que este amigo también tiene maneras de pensar y actuar, vivir y querer similares a las mías y es catártico encontrar colegas de la vida. En fin, el Bloody-Mary que tomé fue en más de una forma mágico en aquel bar La Paleta.